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Preludio y Fuga

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Nunca antes había contemplado el instante preciso en el que comenzaba a nevar. Le pareció que la nieve llegaba como el Promenade de Cuadros de una Exposición, caía moderada y pesada y livianamente a la vez, oh, era una danza inexplicable… Nadie había entendido nunca la comparación, ni siquiera su marido que era músico: “Es nieve, Anna, sólo nieve.” No, no lo era; eran copos flotando, girando, cayendo, volando… eran notas y el cielo era la partitura, las nubes marcaban el compás y el viento era el pianista. Los copos caían sin descanso en una danza brevísima ¡pero tan alegre! hasta que el cielo marcaba attacca y ahí quedaban, unos sobre otros: nieve.

Pronto la nieve lo cubriría todo; aquí la acera, allá los techos de tejas, los automóviles estacionados, los escaparates de las tiendas que sus dueños sorprendidos venían a bajar de mala gana, y por fin, la plaza. La plaza una vez toda verde en primavera, gris en otoño, y ahora blanca, inmaculada. Mañana, si salía el sol, caminaría hasta allá. Cerró los ojos durante unos segundos y se sonrió mientras conspiraba: si salía al alba pisaría la acera cuando la nieve aún estaba virgen y, sin tráfico en las calles, en dos minutos estaría en la plaza…; ah, pero ¿qué pensaba? Ya no era una adolescente.

Mañana, al alba, habría que empezar los preparativos para recibir a los invitados. Se acababa la temporada en el Teatro e iban a celebrarlo. En su casa, en su salón, en su comedor, con sus platos y su mantel. Y ella iba a ponerse su mejor vestido, iba a sonreír, iba a interesarse en los chismes, iba a conversar con las señoras que no sabían más que de pañales y cocina pero no importaba… Suspiró. Ya habría tiempo para mañana. Hoy iba a mirar cómo caía la nieve sobre la plaza. Posó su mano derecha sobre el vidrio, a la altura de su cara, e hizo como si tocara las notas; luego la izquierda… y sus dedos caían sobre los columpios en la plaza. En primavera podía verse a los niños columpiándose. Por eso habían comprado ese apartamento en el cuarto piso. La plaza era el horizonte de la vista desde aquella ventana, y habían imaginado que cuando tuvieran hijos podrían mandarlos a jugar y vigilarlos desde allí. Pero no habían tenido hijos. Y mientras ella miraba, la plaza parecía agrandarse, acercarse, hasta constituir el único foco de su atención.

Miraba demasiado aquella plaza. Como si significara algo. Quizá significaba algo importante. Había aprendido que las cosas importantes significan algo, y que son urgentes. Eran las razones para despertarse y salir de la cama cuando lo que su cuerpo quería era quedarse entre las sábanas hasta el mediodía. ¿Era urgente la plaza, acaso? Se habían conocido en esa plaza. América había llegado allí siguiendo capas de olores; primero, un delicioso olor a pescado fresco, que la hizo recorrer dos cuadras, lo perdió al llegar a una esquina que olía a setter irlandés, por lo que cruzó la calle y se sentó en las escalinatas de un viejo edificio, esperó… el olor regresó, montado sobre una brisa sinuosa que la llevó hasta el puente. Nunca había llegado más allá de aquel puente, por alguna razón desconocida, le tenía cierto recelo… pero el olor cruzó el puente y América tras él. Caminó por unas calles estrechas, oscuras y húmedas que la hicieron perder el olor, por suerte para ella apareció una anciana que parecía saber adónde iba, la siguió. No traía un olor agradable, ah no, la gente vieja nunca olía bien… lo sabía de sobra, mas si lograba sacarla de aquel lugar que le ponía los pelos de punta, bien podía soportarla unas cuadras. Y no fueron más de dos. Se separaron cuando la vieja dobló la esquina y América quiso ir a la plaza que aparecía al final de la calle. Era una plaza pequeña y bien tenida, el pasto le hacía cosquillas en las almohadillas de sus patas, así que prefirió caminar por la arenilla del sendero mientras seguía lo que parecía ser una vaga pista del olor que buscaba, claro, tenía el viento en contra. De pronto, el olor se volvió muy intenso, casi violento y entonces, la vio.

Anna estaba sentada en un banco de piedra sobre el que daba el sol. La bolsa de las compras apoyada en sus piernas despedía un delicioso aroma a pescado. Ese día Anna había comprado pescado en un puesto de feria que se ponía el primer lunes de cada mes a la vuelta de la plaza. No era su costumbre comprar pescado, menos cocinarlo y por ningún motivo comerlo. Lo destestaba. Sin embargo, esa noche su marido volvía de una gira de tres meses y quería celebrarlo con su plato preferido. América se acercó e hizo lo que siempre hacía cuando quería caerle simpática a alguna persona: le rozó las piernas mientras ronrroneaba, lo había aprendido de su madre. Anna no notó su presencia de inmediato, hicieron falta dos paseos entre sus piernas… ¿Que de dónde había salido? Pues no sabía exactamente, estaba siguiendo un olor a pescado, que no era el mismo que emanaba su bolsa, a pesar de que éste parecía también delicioso. A Anna le pareció que estaba perdida, conocía los gatos del vecindario y no había allí ninguno que no tuviera cola. América era un gato de Manx, como descubriría más tarde Anna. Como le pareció que ya estaban en confianza, se encaramó en la bolsa. Anna gritó algo, escandalizada, pero no había que preocuparse, en cuanto encontrara el pescado, se iría y ella podría quedarse sentada disfrutando la paz de la plaza. No contaba con que la empujaran lejos de la bolsa. ¿Por qué no podía tomar el pescado, si había recorrido tantas cuadras por él y le encantaba? ¿Qué clase de seres eran estos que continuamente le negaban sus placeres? Odiosos, eran todos unos odiosos. Quiso correrle las uñas por las piernas. Justo cuando se disponía a hacerlo, Anna le dio unos golpecitos en la cabeza, luego recorrió su lomo, volvió a su cabeza y le rascó el mentón; bastó para convencerla, ya no le arañaría las piernas. Anna le preguntó si tenía hambre. No, hambre no tenía. No realmente, pero bien se habría zampado un trozo de pescado. Permanecieron así un buen rato, una preguntaba y acariciaba, la otra se dejaba acariciar. Hasta que Anna decidió que era hora de volver a casa, se despidió y mandó a América de vuelta por donde había venido. ¿Adónde iba Anna con el pescado? ¿Y por qué le decía que no podía acompañarla? Tonterías, los gatos siempre pueden, no tienen que volver a casa, mucho menos si han encontrado un pescado. La siguió. La siguió durante unas seis cuadras, llegaron a un edificio con fachada de piedra y algunos peldaños en la entrada que conducían a un salón del que subían enormes escaleras. Cuando llegaron al cuarto piso, Anna se dio cuenta de que la habían seguido. Abrió la puerta del apartamento pensando en dejar fuera a la intrusa, pero ésta fue más rápida. ¿Cuándo le daría pescado? ¿Lo comería aquí, sobre los sillones que le parecían tan mullidos, o cerca de la ventana, contemplando cómo comenzaba a oscurecer? Le pareció que habían subido muchos pisos y quiso acercase a la ventana para comprobar qué tan alto estaban.

Desde la ventana se veía la plaza. Se veía fascinante, especialmente mientras se ponía el sol. Anna le preguntó si le gustaba la vista, ella ronrroneó. Podía quedarse, después de todo, lo más probable era que se hubiese perdido y era cruel devolverla a las calles sin comida y con el invierno por venir, además, había espacio de sobra en el apartamento para los tres. Podía quedarse, y Anna cocinó el pescado. Por alguna razón, desde ese día, sentía cierta atracción por mirar la plaza desde la ventana; no como la sentía Anna, por supuesto, pero. Nunca pudo explicársela, a decir verdad, ninguna de sus fascinaciones era explicable. Comprensible, tal vez. Sin embargo, por qué… Ah, nunca pensaba más allá. Anna siempre estaba preguntando por qué esto o por qué aquello. Ella la contemplaba y sentía cómo se le iban los momentos en sus cavilaciones, se le escapan de entre los dedos como… oh, como cuando ella había intentado pescar los pececitos del acuario que estaba sobre el piano y había sido un desastre: no sólo tuvo que dormir afuera una semana entera en castigo, sino que no pudo coger ninguno; los peces que ella hacía volar de garra en garra volvían a caer al agua por más que intentó descuartizar sus menudos cuerpecitos… Así se le iban los momentos a Anna. La vida, también, sí. Ahora estaba de espalda al piano, con un poco de sigilo… El piano crujió, debía ser cosa de la madera, porque ella sabía calcular muy bien el ímpetu de su saltos. Lo mismo Anna se dio vuelta, y sonrió mientras se acercaba al piano.

Levantó las manos y las pasó sobre el piano, primero torpe y rápidamente; suspiró; después, lenta y delicadamente, por una tecla, luego otras… ¿Qué querían decir esos sonidos? “Notas”, así las llamaba Anna, “aquí un Re, un Sol”. América no entendía lo que Anna quería decir con ellas, ciertamente sentía algo… inclinaba su cabeza a un lado, luego al otro, mientras sus dedos corrían arriba y abajo… Ah, quiso alcanzarlos, sin uñas, sólo quería jugar. Cayó estrepitosamente, Anna se sobresaltó, la tomó por el tórax y la puso de vuelta sobre el piano, al lado del acuario y de… oh, alguien había puesto un florero con rosas que comenzaban a marchitarse, quizá por el frío. América había observado cómo las flores aparecían en las calles por montones en primavera y en invierno; en invierno no podían verse sino dentro de las casas, en floreros. Se quedó muy quieta durante unos minutos, observando las flores. Se preguntó si bastaría un manotazo para hacer caer sus pétalos, acaso dos, o tres… y ondulaban por el aire hasta caer sobre el agua del acuario, cubriendo los pececitos con sombras que los hacían moverse en círculos nerviosamente. Observó largamente los pétalos flotando sobre el agua. Le pareció que seguían la música que Anna tocaba. Sí, danzaban al ritmo de las notas. “Este es el allegro”, anunció Anna. Entonces la música se volvió de verdad deliciosa, era a sus oídos lo que a su nariz el olor a pescado. Quiso mover sus patas, su cuello y todo su cuerpo imitando a los pétalos sobre el agua, que danzaban ahora animadamente. Dio uno brincos sin saber lo que hacía. Sin saber si con ellos imitaba a los pétalos, pero lo intentaba. ¿Qué hacía? Anna reía. “No puedes bailar, pero no importa: mueve tu corazón”, dijo.

Le parecía curioso que ella también pudiera sentir la música. Seguro que era así, porque parecía feliz, y se movía… oh, se movía como si bailara. A pesar de que no podía, sus movimientos estaban guiados por una gracia que sólo concebible si realmente sentía. ¿Por qué no iba a sentirla? Sus dedos se detuvieron y con ellos también cesó el intentó de América. La miró fijo. No podían seguir en el piano, no a estas horas, Tomás llegaría en una hora, no había comida preparada y muy seguramente armaría una escena. Era mejor evitarla. Después de todo, qué le costaba cocinar algo simple, quizá arreglar un poco las sobras del almuerzo con alguna ensalada. Cuando la cena estuvo lista, se acercó a la ventana otra vez. Seguía nevando. A estas alturas, pensó, ya estarían bloqueadas las calles conflictivas y… más leña a la chimenea, el fuego debe durar toda la noche, ya que los noticieros pronosticaban nieve para manaña también.

Pasó una hora, dos, y media más hasta que América escuchó pasos en el pasillo. Había llegado. Lo esperó en la puerta, cuando abrió, se revolcó a sus pies; quería que le rascara la barriga. No lo hizo. Cuando la ignoraba así le daban ganas de irse, de irse y no volver, cualquier otro podría rascarle la barriga, no lo necesitaba a él. Anna no lo hacía tan bien, pero acariciaba muy bien bajo el mentón. Se quedaba por ella, al menos hoy. Sí, esta noche no saldría a la calle, se quedaría con Anna, echada a sus pies hasta que ella se durmiera, pues la sabía intranquila, la compañía le sentaría bien. A pesar de que Tomás ya estaba en casa, América sabía que Anna estaba sola.

—Está nevando mucho. —Anna sabía que el comentario estaba demás, porque…

—No me digas. —

—Supongo que por eso llegas tarde. ¿Cómo estuvo el concierto?

—Ah, sí. Bien, bien, el concierto estuvo bien.

—Queda comida en el horno. —Con eso se deshacía de la obligación, podía seguir mirando la nieve. Pero no lo hizo en calma, algo le revolvía la conciencia. Cuando recién se habían casado, las cosas no eran así. No. Entonces era todo era diferente. Se habían casado muy jóvenes, en sus veintitantos. Anna nunca imaginó que iban a llegar al punto gélido que alcanzaban ahora. Las cosas ya llevaban así varios años… que no parecían tanto porque él nunca estaba en realidad; cuando no estaba de gira, ensayando o en concierto, pasaba las horas encerrado en su estudio. Anna se cuestionó mucho tiempo; ¿sería suya la culpa de que él ya no quisiera volver a casa? Aun así, regresaba todas las noches, cuando tenía que hacerlo. Pero… ¿Por qué volvía? O ¿por qué se quedaba ella?

¿Por qué se quedaba? Pues porque le gustaba la comodidad de un hogar. La seguridad de tener un lugar cálido donde comer y dormir por las noches. Por lo demás, Anna le despertaba una singular simpatía; creía que esto se debía a que se comportaba como los gatos en algunos aspectos. Por ejemplo, nunca antes había conocido ningún humano que gustara tanto de contemplar los paisajes y de pasarse horas en ellos. A pesar de que no disfrutaba cada instante como ella, sí tenía algo de gato. No, no se había dejado domesticar, bien podía arreglárselas en las calles; pero Anna le gustaba.

Sabía que se había dejado domesticar. Se dio cuenta el día en que por primera vez alguien la había llamado “la mujer de”. Se enfureció, quiso aclararse; sin embargo, calló y sonrió. Fijó entonces la pauta para el compás de su matrimonio. Todo sería, en adelante, sonreír y callar.

A la mañana siguiente seguía nevando. Por suerte, por suerte seguía nevando, pensó Anna. Encontraba en la nieve no sólo armonía, sino también un refugio conocido. Había nacido en esa ciudad y desde que tenía memoria, disfrutaba los largísimos inviernos sólo por la nieve. Había algo inexplicable en la voluptuosidad de las danzas de los copos de nieve al caer, y en su resignación silenciosa cuando eran pisteados por los peatones indiferentes. Además, la nieve la ayudaría durante el día a cubrir con su sutil velo todo aquello que no quería mostrar. Todo lo que no quería aceptar. Lo había amado, sí, nadie podría negarlo. Pero las cosas, de un modo u otro habían cambiado, probablemente por todo aquello a lo que Anna había renunciado. Anna podía tocar el piano como si hubiese nacido para ello -era lo que solían decirle sus padres y la institutriz de piano-, por eso, cuando cumplió dieciocho, audicionó en una competencia para el puesto de solista en la Filarmónica. El requisito era poder tocar el Allegro de la Sonata para Chelo y Piano de Shostakovich. Estudió muy bien cada nota, cada compás: eso era música sin moldes, era bailar sobre el piano. Él lo sabía y sus dedos bailaron sobre el chelo. Nunca había escuchado a nadie tocar el chelo como él. No hubo caso, no pudo concentrarse, metió los dedos donde no debía y eligieron a una croata que tocaba el piano como si sus dedos fueran un delicado mecanismo de ingeniería. Sin embargo, Anna se había considerado vencedora. Su papelón le valió una invitación a tomar un café por parte del chelista. Así se conocieron, se enamoraron, y Anna decidió dejar el piano cuando él le propuso matrimonio: había encontrado a alguien que podía respirar la música por ella. Ahora, por primera vez en cuántos meses por fin tenía la oportunidad de estar a solas con su marido, y él ¿qué hacía? No solamente traía a toda la orquesta a cenar, sino que avisaba un día antes. Anna había sonreido. Claro que podía arreglárselas.

De pronto, el apartamento se había llenado de gente. Jóvenes y viejos, gente de todas las edades. No los había visto nunca, Anna dijo que vendría casi toda la filarmónica. América no sabía mucho del tema, pero le pareció que era mucha gente, lo más lógico era que cada cual hubiese traido consigo a su pareja. Un hombre se acercó al piano, le dio unos golpecitos al acuario, se sentó y tocó.

América reconoció la música. Anna solía tocarla al piano cuando estaba triste, a veces, incluso, América había visto gotas caer de sus ojos, gotas como las que caían del cielo cuando éste se oscurecía y el ambiente se ponía tan húmedo que hubiese deseado no tener pelos. Pero no estaba segura de que fuera agua, no podía estarlo, la vez que quiso comprobarlo terminó en el suelo de un manotazo; así había aprendido que a Anna no le gustaba que le lamieran las ¿aguas? que caían de sus ojos. En todo caso, ¿qué tenían que ver estas aguas con la tristeza? América había observado que cuando los humanos se ponen tristes se encorvan, fijan la mirada en un punto y ahí pueden quedarse… Sin embargo, no siempre lloran. Quizá, pensó, los humanos lloran cuando caen aguas del cielo, debido al mismo extraño fenómeno. O quizá era la música, la música hacía llorar a los humanos. Se asomó a la ventana de la sala para ver si llovía. Se le congeló la nariz cuando la apoyó en el cristal, pero lo mismo respiró fuerte para desempañarlo. Afuera, la plaza sin niños, gris, los árboles desnudos y la nieve que comenzaba a cubrir la calle porque nadie había salido a removerla. Adentro, la gente conversaba animadamente, nadie parecía oír la música, nadie estaba triste. Todo le resultaba muy curioso. Un señor de edad se acercó a Anna.

¿Qué harían ahora que la temporada en el Teatro había acabado? Sería bueno para ambos irse de vacaciones al Caribe, sugirió, les vendría bien un poco de color. “Sería bueno para ustedes”. Ustedes: nosotros. “Nosotros…” Dios, ¿qué sabía de “nosotros” ahora? De ella, sí. De él, también. Pero de ambos, de nosotros, nada. Ya no. Sus vidas ya no eran dos notas ligadas, eran más bien dos notas en stacatto saltando muy lejos una de la otra. “Nosotros, nosotros que lo tuvimos todo, y ahora…”. Fueron felices, alguna vez que Anna ya apenas recuerda porque fue hace tanto… o quizá no fue hace tanto, pero la completa falta de movimiento de su vida actual la hacia pensar en ello como si hubiese sucedido siglos atrás. O como si fuese una historia ajena.

Por fin se fueron y ella podría recostarse en el sillón frente al piano. Toda esa gente no le había caido bien en absoluto, no sólo armaron un bullicio insoportable, sino que tenían un efecto raro en Anna; la había visto retraída y huraña. También los culpaba por el griterío entre Anna y Tomás, que sucedió una vez que los invitados se fueron; lo que a América le pareció lamentable, pues de haber empezado algo más temprano el griterío, seguro que la gente se habría dispersado y no hubiesen tenido que aguantarlos toda la noche. Lo que más le molestaba eran las voces de unas mujeres gordas que insistían en hablar en un tono agudo similar al de un gorrión cantando por la mañana. Tomás la había pateado al salir porque se cruzó en su camino. Ella sólo quería frotarse en sus piernas para dejarle la tela del pantalón llena de pelos, él odiaba eso; América lo sabía y quería molestarlo por haberse portado como un idiota con Anna. La patada no se la esperaba. Tomás había gritado que volvería al otro día, cuando los ánimos se calmaran. América no quería que volviera, se le ponían de punta los pelos del lomo de sólo imaginarlo. Si él volvía, ella se iba. Sí, se iba, ya no iba a aguantar esos tratos.

Aún algo la retenía. Pensó en dejar una nota. Sí, lo pensó. Algo simple: “recuérdame”. Sin embargo, mientras buscaba lápiz y papel, tuvo tiempo para pensarlo mejor; la idea le parecía estúpida. “Recuérdame”, ¿para qué? Era mejor no saberlo. No pensarlo. No pensar… por primera vez en su vida no iba a someter sus acciones a revisión racional. Y se iba. Después de cuánto, ¿veinte años? ¿serían veinte años, acaso? De cualquier modo, daba igual. Veinte años o un poco más… qué más da. Ahora se iba. Nada más importaba. Súbitamente, sintió la necesidad de asomarse a la venta, correr la cortina, desempañar en el cristal el espacio justo para los ojos, sentir cómo se enfría la nariz y ver… Oh, ¡ver cómo nevaba!

Los noticieros recomendaron no salir a las calles ese día, a pesar de que la nevazón sólo duró unas horas, pues se avecinaba un frente frío. Pero no esperó. Partió esa misma tarde, con su abrigo de invierno, un gorro grueso para la nieve y en la mano derecha, una cartera cuyo contenido no se detuvo a inspeccionar antes de salir —como suelen hacer las mujeres cuando van de compras y vuelven: las llaves de la casa, el dinero, monedas para el parquímetro, maquillaje, algo de perfume, un caramelo.

Otra vez, le pareció que algo la retenía. Sintió que debía quedarse. Mas, ¿qué era todo esto? ¿a qué venía este alboroto en su cabeza? No, no, no. Ya estaba decidido. Se sacudió violentamente, al ritmo del escalofrío que recorría su espina. Atravesó el umbral de la puerta principal, sintió cómo la nieve que cubría los escalones se hundía bajo su peso y le pareció delicioso porque se sentía como suponía que se sentían los petálos cuando habían caído en el acuario: flotar, conque eso era flotar. De escalón en escalón, como las notas del piano bajando rápidamente y luego volviendo a subir, volando, “allegro volando”. “Mueve tu corazón”, había dicho. Y entonces, lo sintió otra vez, tan delicioso como aquella vez… olor a pescado fresco. Venía ondulando en el aire, desde la casa de la esquina, tal vez… o de más allá; sí, más allá de la plaza. Ya no había razón para quedarse.

Oh sí, tenía que irse. Si no lo hacía hoy, no lo haría ya nunca más.

Cruzar o no la calle, doblar la esquina, seguir por el callejón de elegantes casas señoriales de antaño hasta la próxima avenida. O acaso, no cruzar la calle, seguir por la acera hasta la plaza de las encinas y buscar allí un banco de piedra sobre el que diera el sol. Pero nevaba. Nevaba incansablemente mientras el viento lo revolvía todo. No miró atrás mientras cruzó la plaza.

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Transsibirskaya

Te dije que podías quedarte el libro. El primer tomo de las obras completas de Tolstoi,  uno de mis tesoros, que había tomado por herencia adelantada, una edición preciosa, que traía una foto de la tumba de Tolstoi que nunca he olvidado porque es la única que me ha inspirado paz –solía abrir las primeras páginas del libro y buscarla, cuando estaba en tempestad, la miraba, leía uno o dos párrafos, y miraba la foto;  luego, estaba en calma; era una foto en blanco y negro, era mágica: “guárdalo”. No querías quedártelo, lo tenías ahí, en tus manos, ofreciéndomelo, listo. Te dije que podías tenerlo, yo tenía el segundo tomo. Y volviste a guardarlo. No supe bien porqué, tal vez porque era otoño; y ya sabemos, el otoño es de vida o muerte. Nos abrazamos y tú, seguro, ya habrías olvidado el libro. Yo pensaba en que lo habías guardado. Estaba bien. Así, algún día, cuando ya hubiésemos olvidado nuestros nombres… Era poético, no creí que lo entendieras entonces ni sé si pensaste lo suficiente en ello como para entenderlo.

Te dije que algún día, cuando yo me haya cansado de recordarte y tú hayas olvidado mi nombre, en un tren camino a Vladivostok, estarás sentado al lado de una ventanilla y frente a ti, una mujer de tez blanca y pelo oscuro, mirará por la ventanilla mientras acaricia un libro que lleva sobre sus piernas, un libro de Tolstoi, con empastado idéntico al que -recordarás- escondiste entre tus tinieblas hace mucho tiempo. Creerás reconocer sus ojos, sin embargo, una duda: nunca los viste tan helados. Recordarás entonces todo lo que habías enterrado, y le preguntarás su nombre, con el corazón saltando y la voz cortada; no hay respuesta, apenas un esbozo de sonrisa desentendida, para no parecer descortés, porque hablarás en un idioma que yo ya habré olvidado. Deberías darte por vencido, pero no lo harás, por los viejos tiempos. Intentarás explicar que el libro, Tolstoi, otro país, hace mucho tiempo, un recuerdo… no, yo estaré mirando cómo el viento revuelve la nieve.

El tren corre ligero mientras afuera cae la nieve y el viento sopla implacable, y todo ha sucedido como te conté hace veinte años. Sólo que no me has reconocido. Fui yo quien reconoció tus ojos y la nariz de otra mujer en el niño que, acurrucado a tu lado, también mira la nieve por la ventanilla.

Anamnesis

Permiso… Muchas gracias. Bien, doctor, gracias ¿y usted, qué tal? Sí, estoy tomando las pastillas, la de las 8, la de las 4 también, no me duermo hasta no haber tomado la de las 12. ¿La presión? Bien doctor, por eso no se inquiete, los latidos normales, el corazón ya no se me acelera, la sangre se quedó con el pulso. Sí, estoy comiendo sano.

No, no me duelen ahora. Pero quería conversarle sobre la posibilidad de extirparlas. ¿Que no sería conveniente? Es que sí, me duelen por las noches, cada vez con menos frecuencia eso sí, me duelen cuando vuelvo a casa y hace frío, me duelen cuando cocino sólo para mí, me duelen cuando me peino para nadie, me duelen cuando veo a las parejas tomadas de las manos en el parque.

Eso no, todavía no. Me ha costado dejarlo. Si bien ya no despierto deseando no haber despertado, las cartas no puedo dejarlas. Hice como me dijo, una cajita bien sellada y al armario. Pero no, ahí estoy todas las noches mirando la caja, luego el teléfono, recuerdo el número… pero no se inquiete, no llega nunca más allá, y a mí me parece que ya se me pasará un día de estos.

Pero en todo lo demás mejor, mejor… sonrío a las personas en el trabajo, me muevo diligentemente y cumplo los horarios. Si supiera que hace unos días hasta le coqueteé a mi jefe. Le cedo el asiento en el metro a las señoras mayores, cuento tranquila las estaciones hasta la casa, no alargo las cuadras, y si hay luna llena ya no me molesta.

Como le dije, bastante bien. Ya no escucho los discos que me regaló, ya no canto nuestras canciones en voz alta. Tampoco me detengo en las florerías a mirar las flores que no me regaló, ni en las chocolaterías a mirar los bombones que hubiese querido saborear.

Lo demás, todo muy bien. Hasta duermo las ocho horas que me dijo. Después de haberle dado la comida al gato y de tomarme la pastilla de las 12, me meto a la cama hasta el día siguiente. Me levanto tranquila, sin apuro, me pongo una falda larga, la chaqueta, me peino un poco y al trabajo. ¿Al desayuno? Una taza de café, mirar la cafetera, otra taza de café, el crucigrama del diario. Ya ve, todo en orden.

Sí, sí, muy bien. Como cualquier persona normal diría yo. Cuando no hay qué hacer salgo a pasear por los parques, si encuentro un banco me siento, miro las palomas, cuento las hojas secas, como cualquier persona. Como cualquiera, lloro un poquito con algún poema. Los olores me traen recuerdos, como a todos, ¿no, doctor? A veces persigo a alguien con su mismo perfume por algunas cuadras, pero nada raro. ¿Si algo me preocupa? La fobia a los sueños quizás, la nostalgia de las calles, el miedo de que vuelva el otoño.

Sin embargo, estoy bien, como le decía, ya me acostumbré a las horas vacías. Ahora me acuesto más tranquila, porque no me desvelo esperando a nadie. También me acostumbro a las mañanas de los sábados, y a sus tardes leyendo los libros que no alcanzamos a compartir. Los domingos, para qué decir, tranquilos en familia. Me siento siempre al lado del teléfono, pero ya no espero que suene. Si salgo de paseo, el camino siempre me devuelve a casa. Ya ve, mucho mejor.

Salto en el acantilado

Corrían los últimos días de verano. La marea comenzaba a subir mientras las horas se acercaban al mediodía. Estaban sentados al borde del acantilado, en la única roca plana. La espuma de las olas salpicaba hasta ahí cubriéndolos de un fino manto de frío que hacía que se abrazaran con más fuerza. Ella miraba al mar de frente, con su espalda apoyada sobre el pecho de él, de tal modo que a él le revoloteaba su pelo en la cara.  Él descansaba su cabeza sobre un hombro de ella, y también miraba las olas. “Como un mar infinito”, pensó ella al mirar el mar.  Pero no lo dijo, porque cuando quiso susurrarlo, él tomó su cara y la giró hasta que sus pestañas se rozaron y sus labios se juntaron. Entonces ella lo detuvo.

“¿Tú crees que estaremos siempre juntos?”, preguntó ella. Y él respondió, “Tú sabes que sí.” “Pero…¿y si pasa algo? Algo terrible, ¿y nos perdemos?”, inquirió ella; “Yo sabré encontrarte”.

Estoy mirando las olas. El amor… el amor es como un mar infinito, ¿sabes? Has tomado mi cara entre tus manos, tus manos son más grandes y la cubren casi por completo. Me encanta que hagas esto, me hace sentir importante para ti y también que soy únicamente tuya. ¿Crees que siempre será así? Dices que sí. Te creo. Entonces no importa nada más. Tus labios están muy cerca, los beso mientras tus brazos en mi cintura me acercan hacia ti y siento tu calor. Estoy acurrucada entre tus brazos. No podría apartarme de ti, ni ahora ni nunca. No te diré lo que siento porque sé que lo sabes, sí, lo sabes. Sabes que sólo respiro en la esperanza de tenerte siempre a mi lado. ¡Oh, soy egoísta, lo sé! Pero no sufro por ello, ¿acaso no eres feliz conmigo? ¿acaso no soy todo lo que necesitas?… O como las olas rompiendo en este acantilado.

Ella se acurrucó contra él y él la recibió entre sus brazos. Tal expresión de seguridad bastaba para sostener cualquier ilusión. No hablaron durante mucho rato. Su silencio era preciso para abstraerse en la contemplación del otro, para sentir nada más que las pieles rozándose, para saber que observaban las mismas olas; o tal vez sólo para oírlas rugir en el cantil.

Estoy mirando el mar. Las olas están muy espumosas, no se ven las algas del fondo. No vuelan gaviotas cerca. Sopla un viento muy fuerte. Muy fuerte, como un recuerdo. Como un sentimiento olvidado. Ya nada es como hace dos años. Pero no te he olvidado, ¡Oh, no! No te he olvidado. Te extraño. Te he extrañado cada día. Recuerdo que nos tomamos de las manos en este mismo lugar. Mis manos están vacías ahora. Las abro mientras estiro los brazos. ¡Me lleno de aire!  Las olas rompen en el acantilado con furia; está subiendo la marea. Siento la espuma en mi cara. Las rocas que forman el acantilado son lisas, parecen muy suaves, quisiera estirar mi brazo y tocarlas. El agua es tan azul, ¡y tan fría! Está muy fría, se siente como miles de agujas enterrándose en la piel, atravesándola muy despacio. ¡Ah! A mí alrededor el agua se tiñe de rojo, pero las olas barren los rastros de sangre inmediatamente.  Parece que el filo de una roca me ha rasgado el pecho, pero no veo bien, me pican los ojos. Ya no veo la sangre. Mis manos están limpias y son de un azul bellísimo, como el mar. Todo es azul y frío. Estoy flotando… Hace mucho frío. ¡Oh, si pudiera abrazarte!… ¿Siempre será así; tú, yo, y un mar infinito entre nosotros?

Diez años más tarde, él regresó al acantilado. Una caminata matutina lo guió al final de la bahía, hasta el acantilado donde anidaban las gaviotas. Se detuvo ante una roca plana, al borde del acantilado, desde allí se veía la bahía a lo lejos. Estiró los brazos e inspiró muy profundamente, quiso suspirar sin saber porqué. Sentado, observó durante un largo rato cómo las olas rompían en las rocas, y el vaivén de las algas bajo el mar cristalino. La espuma salpicaba hasta su cabeza. El lugar le pareció conocido, pero no logró recordar porqué; como si lo hubiese conocido en sueños, o lo guardase en un recuerdo ya olvidado. La marea comenzó a subir hacia el mediodía. Desde que él se había sentado en la roca plana, las olas rompían en el acantilado con un ímpetu incontenible; una y otra vez. Escuchó que las  olas susurraban algo. Le pareció oír una voz que gritaba “¡Aquí estoy! ¡Aquí estoy!” Pero no creyó que fuera posible. Abajo, las olas se deshacían en espuma.

¡Aquí estoy!

Abuelo

-Dicen… -El niño lo miraba con detenimiento, examinaba las arrugas que caían sobre sus ojos negros, para adivinar si era cierto lo que decían sus tías en el comedor… De tantas cosas que no entendía, ninguna le parecía más extraña que la muerte, y si el viejo se estaba muriendo, quería verlo de cerca. Y habían dicho que este viejo no se moría, que aguantaba todo. Pero ya no, parece que no más, que se muere.

-¿Dicen? ¿Quiénes dicen qué? -Susurró el viejo al tiempo que le hacía señas con una mano para que se acercara más, pues apenas le oía. Ya no recuerda cuándo fue la última vez que escuchó sin tener que forzar la atención. Sería quizás esa noche que fueron a la Ópera Garnier de París. Daban “Herodías” de Jules Massenet. No. No había sido ésa la última vez. Claro que no, había sido en… Esta memoria de la puta… en el Teatro Filarmonico di Verona, ya.  Habían visto la Anna Bolena de Donizetti, la soprano, una italiana debutante, había estado perfecta en la célebre Al dolce guidami, castel natio. Pero no era esta frase lo último que recordaba haber escuchado antes de que un incesante eco se instalara en sus oídos. Ema había dicho que Verona era la ciudad más bella del mundo, probablemente después de París, y como al día siguiente tenían que volver a Chile, quiso caminar por la ciudad esa última noche. La caminata desde el Teatro hasta el hotel les tomó dos horas, y como quedaban cinco horas de noche aún y la ciudad estaba tranquila, Ema insistió en perderse por las calles de la ciudad. Ema conversaba mucho, esa noche no cerró la boca ni un minuto, nunca hablaba de nada importante: “¿Has visto la luna, querido? Está preciosa”, “qué bueno que me has hecho caso y has traído el abrigo” No. Ésa era su madre. No podía ser Ema, ella no habría la boca a menos que se tratase de algo importante o urgente, por eso le gustaba: porque pensaba, no como las demás mujeres, que sólo hablaban, siempre se lo decía. Iban cruzando el Ponte del Risorgimento cuando intempestivamente cayó al suelo, convulsionándose ante la mirada de espanto y los gritos despavoridos de su esposa. Esos gritos eran lo último que había escuchado claramente. Para cuando se despertó, tres días después, medio aturdido y con los brazos llenos de sondas, en un hospital italiano, no escuchaba un pito. Tenía el colesterol alto, la presión, la arritmia… ¿cómo era el cuento? Total, se le había infartado el lobo temporal izquierdo y había quedado completamente sordo de ese oído.

Había sido el último viaje en el que pudo acompañar a su esposa, después, los problemas vasculares le impedían subirse a un avión; en realidad esto eran lo que decían los médicos y Ema alegaba que tendría otra trombosis si no les hacía caso. De modo que se quedaba solo en casa mientras ella viajó durante cinco años más, sólo dejó de hacerlo cuando se dio cuenta de que su esposo envejecía vertiginosamente y se quedó en casa para cuidarlo. Para lavarlo, para vestirlo, para firmar los cheques, para escribir las condolencias a las familias de los amigos que se morían. No, qué va, ésa no había sido Ema. Ella había muerto mucho antes, después del último viaje a Roma. Después de su muerte, su hija menor se había mudado, junto a su pequeño de dos años, a su casa para cuidarlo. Estaba divorciada de un marido que era un completo imbécil… no, no, éste no era Juan, era el De La Jara, no se habían divorciado, lo habían llevado detenido una noche a la comisaría, para interrogarlo, le dijeron a Clara. Pero no, Clara no era su hija, era una sobrina de Ema que vivía con ellos porque sus padres no podían mantenerla; su hija era Sofía, la rubia de rulos.

-Ellos… todos, qué sé yo. Dicen que te estás muriendo.

-Ah. -Lamentó nunca haberse detenido a recordar. Ahora se le resbalaban los recuerdos. Recordaba a su madre ¿Recordaba a su madre? En realidad no, pero recordaba el concepto y estaba seguro de haberla tenido algún día. A su padre no lo conoció. Había sido un minero de paso por el pueblo de su madre. A Ema, en cambio, sí que la recordaba. Pero la recordaba joven, de unos veinte años, como cuando la había conocido. Recuerda que Ema andaba siempre con unos cinco chiquillos tirándole la falda. El más pequeño se llamaba Enrique, luego venía Sofía… ah, sus hijos… eran cinco, claro. Cuatro chiquillos rubios y uno colorín. Como él.

Viajó mucho con Ema, casi recorrieron el mundo entero. Pero tuvieron que dejar de hacerlo cuando ella enfermó de cáncer y se tuvo que quedar en casa para cuidarla. Pero dejar de viajar no le pareció malo, de todas maneras, para ese tiempo se sentía viejo y sabía que había llegado al momento de la vida en que sólo quería quedarse en casa, acaso por si algún viejo amigo que aún lo diera por vivo fuese a buscarlo una tarde cualquiera. Podrían encender una pipa y jugar ajedrez. Como antes. Pero ya no venía nadie. El otro día vino el cartero y él estaba en el patio, al verlo pasar le preguntó qué lo traía por esos lados. Cuentas. Lo mandó a la cresta, como habría hecho cualquier hombre sensato a su edad. Antes, cuando Ema vivía, sus amigas le escribían mucho, siempre llegaban cartas y postales de todo el mundo.

-¿Estás?

-¿Muriéndome? No. Qué va. -Todo se le confundía. Y ahora se moría. Mierda. Se moría. -Escúchame, mírame, que esto es importante: cuando me muera no tiene que haber ningún cura.

-Si te mueres…

-Sí, si me muero… que sea el cajón más barato posible, sin cajón mejor. -Ah, la amargura, ¿por qué eran tan amargos estos recuerdos? Ema ya no estaba.

-La vida jode, y encanta, y jode… ¡cómo te jode! Ya lo aprenderás tú. ¿Recuerdas cuando fuimos al sur y navegamos el Golfo del Corcovado ? La vida es lo mismo que la mar, un momento se está quieta y de pronto ¡zás! el corcovado te da vuelta la nave. Y ahí ves tú si puedes darte vuelta y flotar, o hundirte.

-¿Qué?

-¡Golpistas! ¿Ya viste los que pone el diario, Enrique, “liberación del comunismo”? Sinvergüenzas. Mis amigos tienen razón, hijo mío, no nos vamos a quedar aquí sentados viendo cómo se toman el país. Mañana salimos a la calle. Todos. Enrique, anda a ver si tu madre tiene listas las banderas, mira que mañana hay que salir temprano…

-¿Qué? ¿Quién? -Sus tías tenían razón; este viejo no estaba bien de la cabeza.

-Nada, anda, tu madre te llama. -Sólo entonces se fijó el viejo en los ojos de este chiquillo, tenía los mismos ojos de Elisa, y ella los mismos ojos de su madre. Los mismos ojos que lo hicieron detenerse, que le hicieron acercarse a esa niña callada y tímida sin saber porqué, hace sesenta años en la biblioteca de la facultad. Le acercó el libro que adivinó que estaba buscando, ella le sonrió aturdida cuando vió que había adivinado a Sartre.  No, Sartre estaba en pañales todavía. ¿Cuál había sido el libro? Bah, Shakespeare seguro, Ema leía esas cursilerías. Después… ¿qué había sucedido después?… la puta memoria… Ah, se murió.

De pronto, sintió los ojos cansados, ya sería hora de ponerse esas gotitas para los ojos secos. Las había dejado en el baño de la habitación de arriba.  No, no, las había dejado en el comedor después del almuerzo. Intentó incorporarse en la silla, pero no, las rodillas ya no eran las de hace veinte años. Volvió a sentarse. Se sentó con cuidado, porque se venía dando unos porrazos fenomenales, cada vez que se paraba de un asiento, desde cuando se quedó sordo del oído izquierdo, allá en las Espóradas, cuando habían tomado ese crucero por el Atlántico… no, eso había sido mucho antes… esto había sido en lo de su amigo en Argentina, claro, estaban cenando y a él le vino un infarto, Ema gritaba despavorida cuando lo vió caer al suelo como un muerto. Habían arrancado a Argentina una semana después del Golpe. Los buscaban por haber iniciado una manifestación del Partido Comunista.

Los ojos le picaban tanto. Debía ser, seguro, por el gas de las bombas lacrimógenas. A él le había explotado una en los pies, justo al frente. Sus amigos habían alcanzado a correr pero los agarraron los militares dos cuadras más abajo, en un callejón sin salida, los hijos de puta. Los habían matado a todos, a los siete, los siete amigos de verdad que tuvo en toda su vida. Después sólo le quedaba Ema. A él no lo habían agarrado porque la bomba lo dejó tirado inconsciente unos segundos. En un rato más iría a buscar las gotitas. Ya no le molestaban tanto los ojos, le picaban apenas un poco, ahí en la comisura de las carúncula, un poco. Quiso llevarse los puños a los ojos para refregárselos. Cerró los ojos por unos segundos. Pensó que tenía que volver abrirlos, pero no lo hizo. Mejor no, tal vez todavía andaba uno de esos hijos de puta por aquí, no podía dejar que se lo llevaran; Ema estaba embarazada. Apretó más los ojos. De un modo u otro, ya estaba hecho.

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